Yalitza Aparicio

Updated: May 28


Por Maru Paiz.

La historia de Yalitza Aparicio pareciera sacada de una narrativa fantástica. En un país como México donde la violencia y la trata ilegal de personas son pan de cada día (siendo más vulnerables las mujeres y niños de procedencia indígena) el solo hecho de atender a un llamado de “casting” podría terminar costándote la vida. Tras obtener el rol protagónico de “Cleo” una empleada doméstica que trabaja para una familia acomodada en el México de los años sesenta en la película “ROMA” de Alfonso Cuarón, la vida de Yalitza pasó de fabricar piñatas y dar clases de preescolar en su ciudad natal, Oaxaca, a compartir portadas de revistas como Vogue México y Vanity Fair con algunos de los actores y actrices más renombrados de la farándula hollywoodense.




Tras el éxito de la película la actriz ha tenido muchísima exposición mediática. Casas de moda como Christian Dior, Miu Miu, Prada y Alberta Ferreti le han diseñado atuendos a su medida y la han invitado a las primeras filas de sus pasarelas. En las producciones podemos observar la oda que se hace a la nariz ancha de la actriz, su tez morena y sus caderas pronunciadas, dándole un rostro a la mujer indígena Latinoamericana que hasta entonces había sido invisibilizada por la industria artística. Yalitza representa a la mujer latina que no se adhiere a los cánones estándar de belleza, la que no es ni blanca ni tiene sangre europea, la que no mide 90-60-90. Y aunque su representación es revolucionaria y necesaria, el sin fin de artículos que han hecho apología de su belleza natural nos llevan a uno de los problemas más presentes en el mundo actual: considerar a las mujeres como objetos.



Sin importar nuestros méritos, lo primero que determina nuestro valor, lo que decreta si merecemos o no atención, es nuestra apariencia física, todo lo demás es secundario. Es por ese motivo que centrar el debate en sus rasgos físicos y no en su innegable talento innato (nunca recibió una clase de actuación y llegó a ser nominada a un Oscar como mejor actriz) nos hace cómplices del problema. Al reducir el valor de una mujer a su apariencia, no solo estamos disminuyendo su rol y su valor como contributaria a la sociedad, sino que, además, estamos perpetuando la creencia nociva de que lo más importante de alguien (sobre todo si ese alguien es mujer) es siempre su físico y no su potencial intelectual o creativo.



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